jueves, 28 de mayo de 2015

PIENSA

Que difícil se me hace hablar del tiempo. Una variable con la que vivimos continuamente en la ecuación de la vida.

En solo tres años de mi vida, he aprendido tanto. No he necesitado profesores pero, he tenido que viajar al centro de mi existencia.

He visto algo que me ha sorprendido tanto y lamento no poder explicarlo mejor.

Yo, mi yo, el que siempre ha estado a mi lado, me ha abandonado. Pero no penséis de una forma traumática, eso creía yo al principio. Se ha despedido y entiendo el porqué, ya no me hace falta que esté a mi lado. Y os aseguro que me lo ha explicado pero de una forma simbólica.

Ese yo, era mi árbol. Unas veces muy cuidado, otras menos. Aun  así, lo veía alto y con muchas ramas, fuerte y lozano. Cierto que me sentaba en su sombra, otras lo cuidaba para que fuera más bonito, pero, siempre intentaba tenerlo contento consigo mismo y con el medio ambiente donde existe. 
Diréis, si eras el árbol ¿Por qué cuidarlo? Es donde me pierdo yo también, en esta pregunta. Intento buscarle una contestación. Soy el árbol y también el jardinero personal. Suena infantil, pero me convence. No me gusta perderme en preguntas de mi ser.  Me da miedo que no sea dueña de él. Y una contestación aunque simple, me alivia.

Como todos, tengo días ricos en experiencias. No hablo de maravillosas aventuras a lo Peter Pan. Soy un personaje normal, alguien que te cruzas por la calle y ni siquiera llama la atención. En esto, no estoy siendo sincera del todo, me gusta llamar la atención y si puedo hablar con cualquiera, aunque sea del tiempo, lo que se suele decir.

He pasado mis tres últimos años, llenos de días emocionantes, ahora ya tengo 53 años. Que podría contares pues, desde sentir la muerte como se llevaba a mi madre poco a poco hasta el último momento y, sentirla cerca de mí, como que me quería también. Pero parece ser que aún no es mi momento, porque motivos han habido.
Sigo con mi reflexión del árbol, no quiero irme por sus ramas.
Esta semana, he realizado una visita esperada a un gran hombre. Yo ya sabía que lo era sin conocerlo. Pero, estar cerca de él, fue una experiencia para mí importante. La sinergia que me produjo me ayudó en mis dudas de la vida. Aunque ignoraba mis alteraciones emocionales que suponía estar hablando con él. Ya en casa realizando la típica moviola de lo hablado en la visita.  Descubrí algo muy importante. Mi árbol no puede quedarse quieto, tiene que seguir viviendo aunque ya no crezcan más ramas, esto realmente significa, sintiendo. Es una afirmación muy contundente. Os diré por qué. 
¡¡No quiero ya más ramas!!

Tengo que ver mi árbol de otra manera y ya sé cómo hacerlo. Por mí, puedo poco hacer, cuidarme claro. Pero que puedo hacer por los demás ¡¡Todo!!

Me quedo con el ¡¡Todo!!
Tengo un proyecto para mi árbol. Necesito su savia e ilusión de ese yo, que me confunde cuando estoy a la sombra de las ramas.

Y ahora os dejo con mi mejor abrazo y mi pintura, ella me ha hecho ver que el tiempo, la variable de nuestra ecuación se agota. 

PIENSA



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