domingo, 29 de mayo de 2016

Los cuentos que yo cuento







Erase una vez un señor que vivía muy tranquilo en su casa. No era muy mayor y vivía solo. Los vecinos poco sabían de él. Salía por las mañanas y venía tarde a comer. Y ya no se le volvía a ver.

En su casa poco movimiento se notaba y ruidos escasos, creo que televisión no tenía pero si volvía a comer con el periódico. No hablaba mucho, lo justo cuando te cruzabas con él. Buenas, hola y adiós.

Yo sabía que guardaba un secreto, lo intuía. Vivía un piso mas arriba que el nuestro pero ¡porras! no podía escuchar sus pasos siquiera. Empecé a obsesionarme por ese vecino. Su aspecto era gris, corriente y su cara era inexpresiva, no declaraba ni alegría ni tristeza. Una mueca más que un rostro. Una careta de las que pone mi amigo Saul Landell en sus protagonistas de sus fotografías que dicen tanto con tan poco. Artesano del alma.

Un día ni corta ni perezosa le pregunté si le ayudaba a subir la compra. Se quedó un poco parado pues noté que no sabía que responderme. Yo le sonreí. Acto siguiente me dio la bolsa más pequeña. Contenta le subí la bolsa hasta la puerta de su casa. Que feliz me sentí con la sonrisa que me regaló.

Os he contado esto, porque desde que tengo huso de razón, siempre me ha gustado ayudar con mis manos lo que podía ofrecer. Se volvió mi juego favorito para con todo los vecinos, sólo porque me regalaran aquella sonrisa y el pellizco en la mejilla como cariño. Incluso ese hombre empezó a tener relación con nosotros y nos enteramos que había perdido a su mujer y no habían tenido descendencia. Decía que mis padres tenían una niña muy buena y de allí paso a una buena relación de vecino. Esto me agradó, me sentí importante, había hecho algo importante.

Seguí creciendo y para mí decir un "No" de alguna manera me suponía un problema. He sufrido de verdad por esto. Pero en el computo general, creo que he estado satisfecha, algo ingenua eso sí pero al final, mi conciencia siempre ha estado tranquila.

En la comunión, con todo el catecismo que te hacen aprender y las oraciones y sus explicaciones, lo pasé bastante mal. Todo me lo creía al pie de la palabra y con ocho años esto no es muy bueno, alguna pesadilla tenía porque habían cosas que por más que las pensaba no las entendía muy bien. Llegó el día de la primera Comunión. La víspera se debía de confesar y después ser muy buenos porque ya no había oportunidad. Cuando salimos de confesarnos jugamos un rato a "Tula" (Tú la llevas), un niño para cogerme me atrapó del pelo que lo llevaba largo y se quedó con un mechón en la mano. Todos se pusieron a reír y yo a llorar, pero esto no fue lo peor, dije idiota e imbécil ¡Santo Dios! Por un momento pensé que no podría tomar la comunión al día siguiente. Entré corriendo a la Iglesia de Santa Teresa de Jesús buscando al sacerdote. Cuando le encontré, medio llorando le conté que tenía que volverme a confesar. Se río y me dijo que me arrepintiera por dentro y rezara un Ave María. Así lo hice y me fui corriendo a casa para no cometer ningún error más.

Esa noche dormí muy nerviosa y más después de ver tanta gente desfilar por mi casa dejando regalos y viéndolos al mismo tiempo. Pero algo en mi interior se despertó como un aviso importante. El día de antes nos recalcaron con mucha insistencia que el cuerpo de Cristo iba a entrar en nuestro cuerpo y debíamos portarnos bien en el momento de comulgar. Esta idea me obsesionó y empecé a tener una sensación de miedo por sí no lo hacía bien. Me vistieron, muchas fotos y el pasacalle. Pero yo seguía con miedo. No se me iba de la cabeza de que Cristo iba a entrar en mi cuerpo. Por fin llego el momento, y despacito con muchos nervios abrí la boca, saqué temblando un poquito la lengua y me quedé con la Hostia en el paladar y la cabeza gacha. Pensé, no la muerdas, ni se te ocurra. Allí la tuve hasta que se volatilizó. Ahora veo aquellas fotos y en todas tengo una cara de temor. Dios mío, verdaderamente era un drama de niña.

Empecé a pintar con diez años y aquí empecé a relajarme con todas mis dudas trascendentales. Participé en concursos y aquello me gustaba.

Paréntesis.

Tengo cincuenta y cuatro años y sigo igual. Aprendiendo continuamente. A veces siento que no soy de este planeta, es verdad, sólo en mi verdadera soledad es cuando realmente tengo un lugar y es inmenso.

No importa. Sigo aprendiendo. Sigo amando, pero ahora empiezo amarme y es cuando siento el verdadero milagro. Mi amor emana por todos los poros de mi piel. En ello estoy. Desde el amanecer hasta el anochecer. Estoy más ligera. Me siento llena de vida cuando en realidad estoy llenando mi mente de paz. Mi cuerpo físico me lo agradece. Ya no tengo miedo. Ya no hago juicios. Escucho de verdad al corazón, y si en alguna ocasión dudo, me quedo quieta sin hacer absolutamente nada, y la solución llega y las dudas se disipan.

Un abrazo.



Namasté.

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